El teatro cuando no es puro, idealista, positivamente fanático, es un arte malhonesto, habilitado por ladrones sin creatividad que copian cualquier éxito extranjero para adornarse con honores inmerecidos o llenar sus arcas de cuantiosas monedas. Pocas veeces, lamentablemente muy pocas, surge un verdadero creador, alguien que aporta al teatro una nueva visión del mundo y de sus formas. Éste es el caso de Jaime Chabaud, al que no dudo de calificar de genio en formación y a quien conozco sólo a través del inmenso placer estético, ético y ontológico que su obra PERDER LA CABEZA me produjo. Que originalidad, qué humor, qué disciplina, qué gran Arte. Me sentí como un abuelo-tortuga que descubre que tiene un nieto-águila. Salí de la representación contento de saber que gracias a este joven, el teatro en lugar de estar muriendo, estaba otra vez naciendo. Si quien lee mis palabras tiene el poder de ayudar en la creación de espectáculos, desde el centro de mi corazón le recomiendo que ayude a un gran artista que, si su país lo apoya, podrá ser embajador cultural en todas las capitales del mundo.
Citando a Pablo Neruda “Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando”, yo firmo y refirmo esta recomendación al mismo tiempo que rezo para que sea creída. Repito: no soy amigo de Jaime Chabaud, no lo conozco personalmente, no sé que edad tiene ni me imagino la forma de su cara, lo único que he podido ver de él, a través de su arte, es su inmenso talento. Que Dios y México lo ayuden a parir su obra para que el mundo lo aplauda. Vivo en Francia y en Francia no he visto aún un espectáculo de la calidad de PERDER LA CABEZA.
Alejandro Jodorowsky